Archive for the ‘Sobre la Percepción y la Interrelación Humana’ Category

Metáforas del Silencio

noviembre 24, 2010

Manifiesto de Ricardo Morín: Muestra extensivamente su taller de pintura en la ciudad de Nueva Jersey en los Estados Unidos, donde él narra su manifiesto Metáforas del Silencio con obras de apertura que están en proceso de gestación y otras que forman parte de una serie recientemente terminada. http://www.ricardomorin.com/

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“Hazañas del Talento Individual”

octubre 2, 2009
Triangulation Series 225

Triangulation Series 225, 49" x 68" x ¾" Oil on linen 2008

  • El uso para el cual sirven las artes visuales es una manifestación compleja de dimensiones variables, cuya expresión no trata de explicar su significado sino de expresar su intención:  Si se quiere, para lograr un acto claramente independiente de interpretación, sobre el cual el artista no ejerce control alguno como creador.  De esto, surge la sublimidad de la condición psicológica que es en parte deleite visual y la pasión que renueva y alimenta un espíritu de solidaridad con su modo de expresión:  La intención expresa “uno es lo que percibe,” es decir, una cualidad de energía y temperamento independiente del intelecto, separado de la actividad artesanal en sí, y aparte del residuo de las imágenes.

RM- Confesiones de un Artista Perennemente Emergente

Un nocivo, aunque atractivo, estado de asuntos se desarrolla en las artes visuales, cuando artistas etnocéntricos se suman a los complementos del comercio y sus agentes (instituciones comerciales y marchantes de arte, por un lado, y fundaciones y curadores en el otro), todos los cuales sirven como instrumentos de adoctrinamiento y publicidad para el dictado de estilo, tema y contenido, y en dar a los mercados:  El ‘circo’ de entretenimiento de cultura de masas.

El Zeitgeist (clima de nuestra era) sobre lo multidisciplinario y el cruce de fronteras tratan de justificar la pertinencia de las artes visuales, mediante su venta y reventa, a través de sus contorsiones de contextualización, como validación de su vanguardismo.  El estudio de los principios metodológicos de la interpretación calibra la importancia de las artes y su lugar en el mundo de la artimaña y moda, el cual está muy lejos de la dinámica de sus orígenes.  Como tal, las artes visuales se desarrollan en aproximación con dichas modalidades de narrativa, pero expresado en el idioma del comercio.  El artista ahora sucumbe a una ética de expansiva argucia académica para adquirir las parcelas de venta de la historia del arte comercial y las críticas provenientes de los medios de comunicación masiva.  El resultado no es tanto falto de visión, sino un impulso desesperado para cultivar la codicia y de luchar por estatuto social; esta indicación de aburguesada iluminación sentimental y de autoridad evade cualquier implicación peyorativa del género terapéutico para aficionados como cosa servil y de desposeídos.

Y es así pues que la insurgente adaptación sobre discursos de análisis en la política, la filosofía, la semiótica, lingüística, psicología y matemáticas esbozan lo obvio mientras se absorben las semillas de la autodestrucción.  En otras palabras, el instinto universal de una necesidad visual se transcribe al éxito comercial.  La expresión individual se compara con la mercantilización:  La realización personal se debe equiparar con ganar dinero ¿Podemos suponer este mercantilismo surge de la pintura de género del siglo 17 con la potencia emergente de la burguesía para adornar sus casas con este estilo de pintura?  En última instancia, estos comerciantes del gusto y el consumismo parecen haber perdido de vista que su descripción no puede sustituir la percepción de una imagen.  Hacerlo sería sustituir la intención visual con el parloteo de la jerga del chisme.  La significación visual se deriva de la intención interna:  Por ejemplo, una etiqueta codificada de una obra de arte nunca puede sustituir al deleite de experimentarlo.  El arte es una manifestación de la observación como tal y es, básicamente, inconmensurable.  La pasión y calidad de energía no deben exigir una explicación, ni, en particular, su manifestación debe interpretarse por su valor pecuniario ni por su valoración – ni por el enriquecimiento de una élite determinada[1].

Hay una tendencia por parte de cualquier artista en su planteamiento de consolidar la supremacía de su ego y mente, con lo verbal y lo visual en un hierático proceso creativo; en este preciso momento dicha racionalización extingue tanto la probabilidad como la lógica (dicho de otro modo, se convierte en materia muerta).  Desde las insulsas alusiones de lo Conceptual, como virtudes de engrandecimiento; a lo kitsch simplista de la iconografía popular, sobre prejuicios convertidos en cliché; a la orientación del Género o Identidad, como la afirmación de auto-descubrimiento; o al alarde de Geo-Instalaciones de Medio Ambiente, con su llamado a fijas y constantes dimensiones; todos caen por debajo de su promesa de entregar algo nuevo o de trascender lo conocido; aun cuando abunden declaraciones de aprobación.

Muchos de los principales artistas de hoy en día mistifican especímenes de desarraigo procedentes de lo trivial y lo prosaico.  Viniendo de un mundo que conocemos y vivimos, en vez de un mundo todavía por conocerse, estos agentes celebran derivados de formas tiránicas de erudición.  En lugar de aumentar nuestro sentido de percepción, ellos extienden una alienación que nace de la ambición y el deseo de poseer más; y hacen omnipresente al deseo por el objeto que envuelve a nuestra vida ordinaria.  Este singular sentido gregario y de consumismo masivo nos desconecta e inhabilita en una era tecnológica que provee de todo excepto de la sensibilidad e interconexión humana.

Coleccionistas, museos y galerías-codiciosos usurpadores de la cultura de hoy– reciben con beneplácito el brillo por el cual convierten a su vez el arte en una mercancía y su poder como plutócratas para satisfacer la ignorancia creada a través de su desfile circense de índices de mercado.  La mito-manía del estrellato, por definición, sólo examina tan solo a unos pocos; la selección de cada uno es un rechazo de muchos [El Triunfo de la Meritocracia[2]].  El resultado de complacencia alimenta la alienación de un 90% de los artistas activos y crea de tal manera una escasez artificial de recursos, asignando así valor a aquellos índices activos de mercado, los cuales ultimadamente resultan en una desmedida y excesiva lucha por la supervivencia.  En lugar del arte fortalecer a la unidad colectiva, un sentido de sectarismo separa a todos en una carrera de ideologías sobre su comercio.  La verdad del arte esta así rezagada a buscar entre opiniones que compiten sobre lo que es relevante.  Se repiten estos momentos nuestros de inestabilidad, de cazadores y presas, de saqueadores y explotados en los anales de la historia.  Una analogía cierta y no muy distante seria, en relación con la ignominia de algunos legados del Papa o de algunos de los horrores de los procesos inquisitoriales; vienen a la mente las hogueras iconoclastas del siglo Quince, o, más recientemente, el hecho de omitir denuncias al Tercer Reich, o el fracaso de otros medios para condenar el despotismo de algunos Estados, ya sean comunistas, imperialistas, autocráticos, bajo la bandera de la revolución; o las manifestaciones económicas que promueven la codicia, el desenfrenado poder político, el genocidio, o la supresión de los derechos humanos.  Así como aquellos quienes impunemente quemaran y suprimieran las grandes obras del humanismo como productos de herejías y apostasía, avatares contemporáneos del absolutismo y la derogación nos abruman con una nueva era de barbarie.  La globalización, la inversión en sí, sólo en la economía y no en la propia diversidad humana, lleva a las sociedades a un estupor de consumismo autodestructivo.  Las artes, las humanidades y las ciencias, sin duda alguna, se han convertido en una táctica lucrativa para productos y tecnologías que reducen la “meritocracia” del empleo, y el acceso a la educación; en el peor de los casos que han aumentado los parámetros de la pobreza extrema.

Ya sea para las ciencias o las humanidades, la historia nos ha enseñado que la autoridad de cualquier período de tiempo determinado se radicaliza por la lucha de un individuo o grupos de individuos, que estaban descontentos con el status quo ante.

Esto sigue siendo cierto.  Sin embargo, la conformidad, la indiferencia, la definición de nosotros mismos por la supremacía del éxito personal, oscurecen la investigación sobre los más desfavorecidos.  Se trata de un gesto vacío el de uno defender a los avances del mercado libre en el arte de hoy, o de cualquier otro período determinado.  Han habido sin duda alguna innumerables artistas cuyos logros no dependieron de un resplandeciente apoyo financiero o de una explicación fehaciente de las narrativas en competencia; a veces, su última medida de realización se produjo a pesar de los obstáculos que tuvieron que tolerar o resistir -, así como a pesar de las costumbres e inestabilidad de las vanidades culturales que se les oponían.  Sus obras pueden haber llegado a tener un gran reconocimiento, ya sea hacia el final de sus vidas (como en el caso de Paul Cézanne, quien adelantara la modernidad del siglo Veinte a través de sus primeros cuarenta años de trabajo en la oscuridad y antes de lograr su primera exhibición ‘solo’); después de sus muertes (como en el caso del popularizado Vincent Van Gogh, finalmente reconocido por sus extrañas y sublimes creaciones); o incluso después de muchos siglos (como en el caso de las grandes obras de anónimos artistas de la antigüedad griega y romana, saqueados, destruidos y estigmatizados durante la Edad Media, su interés no sería reactivado hasta el siglo Dieciséis y Dieciocho), cuando el capricho de la moda les rindiese pleitesía.  Y luego están aquellos que pierden o recuperan su relevancia como en el caso de François Boucher durante la Revolución Francesa, cuya reformulación tuviera que esperar por el enflaquecimiento de una neoclásica Âge de la Raison–hacia finales del siglo Diecinueve.  De igual manera hemos tenido la persecución banal de “nuevas estrellas fugaces” a fines del siglo Veinte.  Y finalmente están aquellos quienes pronto volverán al olvido en nuestro incipiente siglo Veintiuno, dependiendo de los acelerados caprichos de la moda y el mercado, o tal como sean tamizados por un sistema de valoración y la codificación sobre la pertinencia del “tiempo.”  Ya se trate de las cualidades destructivas de nuestro cuidado cultural–alta, media y baja cultura–, ésta búsqueda constante de nuestra propia vanidad, con el énfasis del placer y su descontento, o lo que sigue siendo una manifestación del mercado Capitalista, ésta confusión promovida por los márgenes de beneficio ha demostrado suficientemente ser una lealtad implacable resultante del poder y esquemas de adquisición:  La raíz de un dominio de luchas de poder, de competencia y división, un movimiento muy lejos de generar equidad social en toda área de actividad cultural.

¿Qué hay que hacer para liberarnos de tal cisma?  La respuesta no se encuentra en un nuevo sistema de trueque utilitario o en cualquier sistema de trueque:  Monetario ni de ninguna forma, en la corrosiva creencia que la competencia engendra al progreso.  La respuesta podría encontrarse en el rechazo del sistema de codicia del coleccionista, o más bien, el reconocimiento de que la calidad de las creaciones artísticas no se pueden perseguir como un bien para glorificar a una élite meritocrática o cualquier otro determinante histórico derivado de casta y poder político, mientras se afecta adversamente a una comunidad global.  La respuesta no se puede alcanzar por el embotamiento de los sentidos en la taxonomía del intelecto, sino por una iluminación diferente que no es el resultado de una visión parcial.  La respuesta se encuentra en el reconocimiento de nuestra propia perfidia: que cualquier forma de explotación o enajenación, ya sea basado en el poder desmedido, la arrogancia intelectual o las creencias supersticiosas no son sólo indeseables sino también destructivas de nuestro bienestar colectivo.  La respuesta se encuentra en una preservación igualitaria del cultivo permanente de todas las artes como un testimonio que nos ayuda a trascender hacia nuestro sentido más profundamente sensible de humanidad, no en un sistema fijo a partir de formas extremas de desigualdad, con el apoyo de factores de estratificación social, con la reglamentación de jerarquías, las modalidades de moda, la codicia ideológica, o la obsesión lucrativa.  ¿Si debíamos aspirar al apoyo a las artes, no sería necesario comenzar por la evaluación de la irracionalidad de nuestro sistema de avalúo que nos agobia, quizás nuestra propia irracionalidad cultural?  ¿Acaso no está suficientemente manifiesto este interiorizado y mecanizado miasma social y económico?  ¿A dónde se proyecta el futuro de la humanidad si no es meramente un reflejo de nuestro caóticamente obsesivo pasado, de nuestro abandono?  ¿Hemos acaso abandonado, como individuos, nuestra realización de un Summum Bonum:  El bien supremo del que se derivan todos los demás, que el conjunto de la humanidad pueda vivir en paz y armonía, con sencillez y sin distinciones?

Ricardo Morin y Billy Bussell Thompson


[1] Es difícil reconocer las formas incipientes de arte cuando van en aumento, y por el momento en que son muy apreciadas, sus mejores días ya han quedado atrás= un extracto pertinente de Blank Slate: la Negación de la Naturaleza Humana por Steven Pinker, 2002 Es difícil reconocer las formas incipientes de arte cuando van en aumento, y por el momento en que son muy apreciadas, sus mejores días ya han quedado atrás= un extracto pertinente de Blank Slate: la Negación de la Naturaleza Humana por Steven Pinker, 2002

[2] Michael Young, El Triunfo de la Meritocracia, 1870-2033:  La Nueva Elite de Nuestra Revolución Social, (New York:  Random House, 1959), p. 12 [Londres:  Thames & Hudson, 1958].  La concepción peyorativa de Young, situada en un futuro deshumanizado [anti-utopia], se basa en la existencia de una clase meritocrática, que monopoliza el acceso a los méritos y los símbolos y marcadores del mérito, y de esta manera perpetúa su propia potencia, su condición social, y privilegio.

Triangulation Series 555

Triangulation Series 555, 22" x 27" Oil on linen 2008

Platonic Series 2009

septiembre 9, 2009
IMG_0009_Framed copy

Platonic Scroll Series #99 -printed on canvas

A través de los milenios, la belleza estética y la simetría de los Sólidos Platónicos han servido de tema favorito para los geómetras. Llevan el nombre del filósofo griego Platón, quien teorizaba que los elementos clásicos se construyen a partir de los cinco sólidos regulares: el dodecaedro, icosaedro, el octaedro, el tetraedro y el hexaedro, no existen otros posibles poliedros regulares. Los 92 Sólidos ‘Johnson’ son poliedros irregulares que, como los Sólidos Platónicos, también están hechos de triángulos, cuadrados y pentágonos.

La serie de Platonic Scrolls sirve de analogía a nuestra interconexión y la imponderable calidad de armonía que nos une. Es de notar que no existe prescripción alguna de cómo deben ser percibidas estas manifestaciones por cualquier observador.  Nuestra realidad es siempre mucho más interesante de lo que cualquier imagen represente o cualquier cosa que se pueda explicar.