Paraíso Celeste

Ulises llega a conocerla como la tierra de las sirenas que durante el Medioevo se convertiría en un gran imperio marítimo. Se encuentra a los pies del gigante Monte Cerreto, donde el ducado de Amalfi fuera una vez a refugiarse, como si en crisálida de musas ancestrales.

La tragedia de la duquesa de Malfi de John Webster, así como el realismo de Henrik Ibsen y la Gesamtkunstwerk del muy vilipendioso Richard Wagner se han hecho eco de la suerte de este legendario cariátide del placer sobre el Golfo de Salerno. Entre los acantilados, movimientos de fuentes estrepitosas danzan rimbombantes al ritmo de la Podalirio más allá de las Cruzadas menos venerables, claustros o monasterios, exhalando la metamorfosis barbárica de tantas razas. Sin embargo ahora, una mirada inquieta sobre el caminar desde la génesis del pasado perfila el seductor aroma de la dulce vida.

Excavado en un promontorio en el borde de un precipicio, entre los pueblos de Cetara y Vietri, proporcionando anchoas en aceite y cerámicas multicolores, se encuentra lleno de azulejos nuestro hermoso hotel llamado Cetus. En la cacofonía cromática del arco iris y salientes con la brújula eterna, sus regatas de remo zigzaguean a lo largo de la costa del mar, guiadas del sur hacia el noroeste, desde el Mar Tirreno al Mar de Liguria.

A su entorno, el río Canneto cruza el valle de los molinos que susurran baladas renacentistas al famoso papel bambagina. Como para retroceder de nuestro paso, los fiordos se encogen bajo un cielo brillante, acariciado por la niebla fina de vientos fríos. Oímos el rumor de las abejas y el penetrante aroma a ‘sfusato’ de Aetna; y del limocello se exprime suavemente magma embriagadora. Las entrañas peninsulares escupen el sabor y aroma de sus frutos llamativos. Tan intensa es la República Amalfitana que siembra la lava en el agua turquesa y los acantilados que la han amurallado.

Cantamos el Falalella bajo la penumbra crepuscular. Y luego levitamos sobre el resplandor de la costa de Salerno, Positano y Ravello, mientras éstas se lavaban en la llovizna fresca. Con el flujo y reflujo de la vida, las nubes enrojecidas se miraban en el espejo de las aguas tranquilas, barriendo la bahía azul salernitana. Amalfi, ciudad de Salerno, se encuentra enmarcada por la Región de Campania, donde los santuarios de Herculano y Paestum fueran construidos majestuosamente. Y a partir de las cenizas que hilvanaban tiempos mitológicos, las expediciones arqueológicas de Pompeya en el siglo XVIII exhumaron, entre muchos hallazgos, pinturas de la antigüedad que habían ilustrado el Ciclo de los Misterios Romanos, así como las conquistas de Alejandro Magno.

El tacto de antiguas manos todavía reverbera en el movimiento de nuestros sentidos. Dulce la imagen bajo el sol de primavera, que rebotara de barranco a cañada, y tambaleándose de escalinata a escalera hasta llegar al embarcadero ancestral. Abíamos anclado cerca del muelle desde donde se desplazaron las grandes galeras. Ellas como yo y mi compañía nos dispersamos, dejando atrás la visión del paraíso de las sirenas.

Ricardo Morin 04/20/14

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